Roberto León Ábrego
Fotografía: J. Cruz
El pasado 29 de septiembre se realizó el primer Literalunch del trimestre, cuyo eje fue la Lectura Creativa, en compañía del Centro de Escritura y Argumentación (CEA). Con una gran participación del alumnado, este encuentro se convirtió en el espacio perfecto para salir de la rutina, conectar a través de la lectura, dejar volar la imaginación y nutrir la mente y el estómago en un mismo lugar.
La licenciada Gabriela Ham Martínez, jefa de Sección de Actividades Culturales, destacó que este espacio cultural se desarrolla en un ambiente abierto y libre. Por su parte, la maestra Carla Rivera, jefa del CEA, señaló que para el Centro de Escritura es fundamental promover la literatura y la escritura creativa, y que el Literalunch ofrece una oportunidad para hacerlo, ya sea mediante la lectura de textos propios o de obras escritas por otras personas.
Además, subrayó la importancia de incorporar la idea de una lectura sin prisa: “porque a veces también en el ritmo académico y de la vida, hacemos todo con prisa y leer es de esas cosas que hay que disfrutar y que hay que hacer sin prisa, hay que darle tiempo”. En medio de las actividades y exigencias cotidianas de la universidad, el Literalunch propone así una pausa para disfrutar de las palabras, escuchar otras voces y compartir la experiencia de leer.
Antes de comenzar las lecturas, se invitó a las y los participantes a conversar sobre sus hábitos y preferencias: ¿cómo suelen leer?, ¿dónde lo hacen?, ¿qué les gusta leer?, ¿cuántas páginas leen al día?, ¿cuál es su momento favorito para hacerlo? Las respuestas mostraron la diversidad de formas en que la lectura se incorpora a la vida cotidiana.
“Leer muy temprano, eso es lo primero que hago, prepararme un café y leer”; “A mí me encanta leer en cualquier formato a cualquier hora”; “Me gusta mucho leer físico, me encanta la biblioteca, me gusta leer donde hay ventanas, me gusta a mí con una taza de té en la naturaleza”; “Empezar el día leyendo y terminar igual en la noche leyendo”; “Me gusta leer en el transporte público para que no se haga tan pesado el viaje, y me gusta el terror, la ciencia ficción, leer cómics, mangas”; “a mí me gusta leer en un lugar que sea cómodo, silencioso y creo que no tengo más, no importa la hora ni el día”, fueron algunas de las experiencias compartidas.
Las intervenciones dejaron ver que no existe una sola manera de acercarse a los libros: se puede leer en casa, en la biblioteca, durante un trayecto o al aire libre; por la mañana o antes de dormir; en formatos impresos o digitales. En este intercambio, las preferencias individuales se convirtieron también en una oportunidad para descubrir afinidades y conocer otras formas de disfrutar la lectura.
Entre los textos compartidos hubo un cuento breve de Howard Phillips Lovecraft; la minificción Gatos y pulpos, escrita por Aldo Hernández, del CEA; un texto del libro Torre de papel, de Norma Muñoz Ledo; fragmentos de la novela corta Un soplo de vida, de Clarice Lispector, y un texto propio de Isis Ramírez, estudiante de primer trimestre de Ingeniería Biológica, entre otras lecturas que se disfrutaron con botana en mano.
La diversidad de autores, géneros y voces dio lugar a un encuentro en el que convivieron obras publicadas y creaciones personales. Leer en voz alta permitió que cada texto saliera de la página para encontrarse con otras personas, despertar nuevas interpretaciones y generar resonancias entre experiencias distintas.
Al finalizar, la maestra Rivera reflexionó sobre la dificultad que a veces implica compartir un texto propio, sobre todo cuando contiene algo personal, íntimo o significativo. Sin embargo, destacó el valor de dar ese paso: “pero yo creo que vale la pena porque también siento que cuando uno comparte algo personal como que lo suelta, lo suelta y ya no es tuyo, si es tuyo, pero también ya muchos nos los apropiamos, nos resonó también con pensamientos, experiencias, entonces eso es bonito, que los textos propios resuenen”.
En ese gesto de compartir, la escritura deja de ser una experiencia exclusivamente individual y se convierte en una posibilidad de encuentro. El Literalunch abre un espacio para leer por gusto, escuchar con atención y reconocer que las palabras, al circular entre las personas, pueden adquirir nuevos sentidos. Porque compartir una lectura no solo permite descubrir otros textos: también nos acerca a quienes los escriben y a quienes encuentran en ellos algo propio.